Reverberación
Un eco extraño sonó cuando grité su nombre. Breve, metálico, apagado. Mi grito no obtuvo respuesta y no me atreví a repetirlo, para no tener que escuchar de nuevo aquella versión siniestra de mi voz.
En su lugar, caminé lenta y sigilosamente para evitar que mis pasos fuesen replicados por esas paredes que jugaban a repetir todo cuanto alcanzaba su oído. Llegó a darme la impresión de que mi propia respiración era amplificada y se convertía en un renqueante suspiro metálico. Entonces me paré. Me acurruqué en el suelo y me tapé los oidos con los brazos hasta que, exhausto, terminé por dormirme.
Una voz me despertó. La suya. Me dijo “te estuve llamando, pero no me oiste”. Y su voz sonaba metálica.
